JOSÉ MARÍA ARGUEDAS: POR QUÉ SIGUE TAN VIVO ENTRE NOSOTROS

Una reflexión íntima y necesaria sobre la vigencia de José María Arguedas, su amor profundo por el mundo quechua y la fuerza luminosa de su obra. Recordamos cómo su mirada tierna y lúcida sigue revelándonos un Perú plural, vivo y en transformación. Este texto recorre su legado cultural, literario y espiritual, y culmina con una de las cartas más conmovedoras que escribió: su despedida a Sybila Arredondo, un último acto de amor que todavía nos habla.

Luis Alberto Medina

12/2/20255 min leer

Cada 2 de diciembre recordamos el fallecimiento de José María Arguedas. No es una fecha fácil, pero sí necesaria. Nos invita a volver a su obra, a su voz profunda y honesta, a sus pasiones y a ese corazón que supo mirar al Perú con una ternura y una lucidez que todavía nos conmueven a quienes miramos nuestra historia y a nuestros pueblos desde adentro, cómo él lo hizo.

El tayta Arguedas no fue solo un escritor: fue un amawta, y una luz. Esa luz que supo ver que el mundo quechua es tan rico, tan complejo y con tanta fuerza, y con tanto poder creativo, como el mundo hispano o cualquier otro.

Supo mirar nuestra realidad desde su corazón quechua, aquel que prevaleció sobre lo hispano y occidental. Supo entender esa fricción constante entre ambos mundos en los que se desenvolvió con soltura y se propuso demostrar que en ese encuentro hay la memoria de los pueblos, la belleza creadora de la lengua quechua.

Él mismo supo convertir el conflicto y el dolor en esperanza, en literatura, en un canto de amor. Su amor por el pueblo, por los hombres y mujeres quechuas, son nuestro amor ahora, nuestra libertad, nuestro canto de esperanza y vida.

Su literatura no traduce: habla desde adentro. Habla desde quienes sienten y viven el quechua como el seno materno, el hogar de siempre; desde quienes bailan festividades que solo se entienden si se viven, desde quienes han aprendido a amar un país complejo y contradictorio.

Su vigencia es tan fuerte porque el Perú que él narró sigue aquí, somos nosotros, en las pampas y los arenales de Lima: somos ese país en transformación, ese país que aún busca justicia ya sin miedo, el país que quiere ser escuchado en su pluralidad de naciones y lenguas, el país que resiste en sus canciones, rituales y memoria.

Arguedas nos sigue acompañando no solo por lo que escribió, sino por cómo lo escribió: con una fe inmensa en la cultura de la que se alimentó, en los pueblos que somos, que creamos y recreamos el mundo cada día.

Lo amamos porque nos enseñó que la identidad —nuestras raíces, nuetsras lenguas y culturas— no se oculta ni se imponen: se siente, se canta, se siembra, se vive y se ama.

Lo amamos porque nos mostró que nuestras lenguas originarias tienen el poder creativo, la cultura, la ciencia y los conocimientos ancestrales que que el mundo hispano menospreció y aún pretende apagar la llama que él encendió con su trabajo literario, etnográfico e intelectual.

Lo amamos porque abrió un camino que todavía andamos.

Hoy lo recordamos con esperanza, con cariño y con la certeza de que su voz sigue iluminando a nuestros pueblos.

Y este fue un acto de amor. Y cerramos con otro acto de amor, el de José María Arguedas a su amor profundo, Sybila Arredendo.

JOSÉ MARÍA ARGUEDAS SE DESPIDE DE SYBILA ARREDONDO

28/11/69

Sybi, amor:

He dejado en la U. Agraria un documento de tres hojas de estas, dirigidas al rector y a los estudiantes, y copia de la carta a Losada y del “Último diario”. Te dejo copia de mi especie de testamento, y fotocopia del documento al rector y alumnos.

Me voy de la vida sin más agobio que el de dejarte y dejar a Carolina. Pero verdaderamente tengo un cansancio incurable. Has de comprender que la cesantía es peor que la muerte para mí. Me asusta algo la congestión de cuestiones que mi desaparición ha de causarte. Pero tengo fe en tu fortaleza y tu generosidad para con nuestros semejantes, en tu decisión de realizar tu vida, como yo la he realizado, con menos temple pero quizá con algo más de amor.

Comprende y cree en esto: sin ti seguramente me habría extinguido antes. Te siento inocente y pura. Te pido algunas cosas, en nombre no solo de nuestro amor, sino de nuestros ideales:

Cuida la edición de los “Zorros”. Si Losada no lo aceptara como está, ofrécelo a Siglo XXI o quizá a una peruana. Ustedes, con E. A. (Westphalen), decidan si debe ir en el libro la carta a Losada.

Acepta los derechos de “Todas las sangres”, de “Dioses y hombres de Huarochirí”; te corresponden.

Gestiona tu montepío con Julio Salas. De inmediato te darán el 80 por 100 Creo que tiene derecho a otros pequeños de San Marcos y de la Agraria.

Guarda el zorrito de plata para Carolina. No sé cómo harás para que entienda mi desaparición.

Envíale a Celia la correspondencia con Fórum y si llega el anticipo envíaselo. Envíale el contrato con la Universidad de Chile.

“Todas las sangres”, que queda para ti, es mi mejor obra. No la rechaces. ¡No me rechaces! Creo que produje todo lo que de mí podía esperarse. Ojalá te quedes en Lima y te cases solo cuando estés muy segura. Te ruego seguir llevando mi apellido, cosa que anhelo con orgullo. Te admiro y te amo, aunque vimos que teníamos incompatibilidades fuertes que son inevitables siempre. Tú sabes bien con cuánta hondura te he amado, quizás con demasiada sujeción o dependencia. Pero así me formé. En cambio, tú eres, felizmente, un espíritu redondo, independiente y con una sanidad y autodefensa excepcionales.

Con los fondos de la Mutual puedes comprarte un departamento al año entrante o lo más pronto.

Cobra mi sueldo de la U. Agraria de noviembre y mi pensión. No ha de haber inconveniente. En fin, creo que no tendrás angustias económicas por algún tiempo. Si decides irte a Chile tendrías ciertas perspectivas económicas inmediatas, pero el porvenir a largo plazo está aquí, creo, amor mío, para ti: el wayno, el huaylas, los campesinos quechuas a quienes has aprendido a amar. Ellos son ahora mi imagen, mi compañía, la continuación de nuestra tarea.

Las cartas con Hugo (Blanco) ve cómo las publicas. Ojalá él no se avergüence de mí, ni tú tampoco. He vivido y trabajado fuerte. En ti conocí el amor, el verdadero, pero no pudo florecer bien a causa de mis dolencias y acaso un poco la diferencia de sensibilidades y de la edad. No he podido deserranizarme. Pero alcancé un estado de felicidad que a instantes, como un insensato, lo consideré inmerecido.

Amor, sé que me comprenderás, que te elevarás por sobre todo y harás las cosas de modo que quedes firme y al servicio de nuestro pueblo. Te beso en tus ojos, que tanto he amado, que tanto he querido y que llegaron a ser parte de mí mismo.

José

La Molina, 28 de noviembre (1969).

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Fuente:

Del Post: Luis A. Medina

De la Carta: Revista de la Universidad de México

De Foto: Rómulo Sulca